«

»

Mar 06

La Habana y Alfonso

La Habana y Alfonso

Alfonso vive en un garaje, justo en los bajos de un edificio multifamiliar en el centro de La Habana, el mismo sótano en el que su padre, hace muchos años, levantó paredes y puso ventanas, para inventarse su espacio. La casa de Alfonso no es nada lujosa, pero tiene una gran ventaja sobre las otras residencias del barrio, el enorme parqueo subterráneo le sirve de portal, de patio propio, de área de entrenamiento.

Cada tarde, al garaje donde vive Alfonso, llegan niños de diferentes edades y sexo, todos vestidos con kimonos caseros, confeccionados de lona dura. Unos cuantos jovencitos vienen solos, a otros los acompaña algún familiar, más sin importar como vengan, todos lucen de lo más respetuosos y organizados. En el transcurso de unos minutos el lugar está lleno por completo.

Alfonso fue de los muchachos que vivieron la fiebre por las artes marciales tan de moda a finales de los años 70, pero a diferencia de los demás, él no perdió el impulso, siguió practicando, algunas veces en escuelas y otras por su cuenta, así resultó entre los jóvenes de su generación el único fiel a la disciplina asiática.

Hoy que es un cuarentón maduro, más gordo y con pelo cano, Alfonso es el profesor de karate del barrio y de eso vive, cobra 20 pesos por muchacho y tiene dos turnos de clases, primero el de los más pequeños y luego el de los mayorcitos.

Alfonso lleva en este negocio siete años, al principio comenzó con los vecinitos y solo para mantener la forma, pero la cosa se puso seria y el garaje se comenzó a llenar, luego mantuvo la actividad de cada tarde como un complemento, que si bien no eran muchos los ingresos que generaba sí le ayudaba a compensar el sueldo de su trabajo. Pero desde hace un año la cosa marcha tan bien que dejó el trabajo y solo se dedica a esta actividad deportiva.

Alfonso siempre tiene listo un discurso para los padres que llegan por primera vez, donde enumera las ventajas del karate, la disciplina y la voluntad que desarrolla y lo importante que resulta para forjar el carácter y la decisión en muchachos tímidos o con problemas de personalidad. Luego pasa a enumerar los éxitos que ha logrado con diferentes chicos y al final presume de no haber tenido ningún accidente con los estudiantes, en los siete años que lleva en este negocio nunca un alumno ha recibido un golpe y jamás un padre ha tenido que reclamarle algo.

El problema está en que Alfonso, que no tiene nada de maldad, no supo distinguir a los inspectores del Ministerio del Trabajo que vinieron simulando ser dos padres de niños interesados en incorporarse al entrenamiento diario.

habana-y-alfonso-264x300

Alfonso no sospechaba que hacía algo ilegal y fue amplio en detalles, como siempre, así que los inspectores, luego de enterarse de todo por él mismo, le han sancionado con mil pesos de multa, según le explicaron, habían sido benévolos por ser la primera vez, pero le advirtieron que si no saca la licencia de cuentapropista y no paga los impuestos acumulados por tantos años de ilegalidad, cuando regresen, le pueden poner una multa mucho más alta y hasta acusarlo de cometer un delito y llevarlo a tribunal.

El pobre profesor no entiende nada, para el nivel de sus ingresos mil pesos cubanos resultan una suma extraordinaria, ahora mismo no sabe cómo pagarla, solo le queda seguir dando clases porque de otra manera no puede asumir ninguna de las responsabilidades y de los impuestos que también le reclaman.

Enseguida visitó la oficina de los trabajadores por cuenta propia y supo que sí, que hay licencia para gimnasios y centros de entrenamiento, pero también le explicaron que la cosa no es de un día para otro y que lo más seguro es que con una multa de los inspectores no le den la licencia de cuentapropista. Ahora mismo espera por la decisión.

El garaje ha comenzado a llenarse, al profesor se le nota el nerviosismo, constantemente vigila por las ventanas, tratando de descubrir algún inspector escondido entre los padres que permanecen sentados a un lado del espacio principal, en donde los pequeños atletas calientan y estiran sus músculos.

Alfonso pide consejo, pero él mismo se responde, necesita la licencia, pero también necesita el dinero. Asegura no ser una mala persona, mientras sale de su pequeño departamento, los alumnos al verle aparecer forman filas y le saludan con una inclinación de cabeza, Alfonso les responde de igual forma, mientras con evidente tensión controla cada esquina del local.

“Hoy practicaremos las defensas”, dice y todos comienzan a hacer movimientos uniformes, parejos, concentrados en cada tirón de brazos.

Esta vez, el único que no logra seguir el ritmo del grupo es Alfonso, lo que desconcierta a sus pupilos que insisten en rescatar la rutina cientos de veces ensayada con él.

El profesor es una buena influencia en el barrio, su desconocimiento lo ha situado en una posición de desventaja, si no se encuentra una solución los más perjudicados serían estos muchachos, ellos merecen que se perdone a Alfonso, que alguien hable por él, que se resuelva este problema.