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Ene 27

La construcción y reparación de inmuebles en Cuba

Construcción y reparación de inmuebles

Una de las fuentes principales de materias primas para la construcción y reparación de inmuebles particulares en la Cuba actual, proviene directamente del reciclaje de productos que son recuperados entre las obras abandonadas, los edificios derrumbados o los escombros de antiguas instalaciones.

Asociados a esta actividad de recuperación, comienza a manifestarse una tendencia nueva en el sector privado en Cuba: Son ciertos trabajadores individuales que, como si fueran constructores, funcionan por toda la ciudad, con una eficiencia incuestionable pero sin contar con un permiso o reconocimiento estatal para sus funciones, por lo que no son contemplados como cuentapropistas.

Sus actividades las desarrollan generalmente por las noches, lo cual incrementa el viso de ilegalidad que ya se les atribuye a estos trabajadores.

Los agentes de la policía, los inspectores de la actividad privada, los funcionarios de la dirección municipal de la vivienda y los órganos de control del poder popular, han comenzado a centrar su atención en estos trabajadores clandestinos. Los persiguen por su doble condición de depredadores ilegales y de personas que ponen en peligro su vida durante la realización de sus labores.

Sin embargo, tales restricciones no han logrado frenar a estas personas, de su actividad, que sigue creciendo y convirtiéndose en un mercado importante de los suministros de materiales de construcción para el sector privado de la sociedad cubana.

Es asombrosa la eficiencia que estos nuevos comerciantes han logrado en su gestión, sobre todo, si se tiene en cuenta lo primario de su desempeño, puesto que se valen de equipos rústicos y elementales, de fácil almacenamiento y transportación. Es normal verlos en plena faena, moviendo materiales de construcción por las calles de Centro Habana, o en la zona de la periferia y hasta en los barrios más selectos como Miramar o Nuevo Vedado.

Con una combinación de paciencia y precaución, desmontan los trozos de paredes que quedan después de los derrumbes, recuperando cada porción de materiales que puedan emplearse nuevamente. Los ponen en pequeñas tongas, que luego mueven en una carretilla improvisada hecha a base de listones de madera y ruedas de goma.

Uno de estos trabajadores, consciente de su condición, prefiere no dar su nombre pero se hace llamar ‘El tercio’, como le dicen todos.

Asegura que entre los escombros hay disímiles mercancías con una alta demanda, como las vigas de hierro o las cabillas de acero que se deben enderezar antes de transportarlas. El rubro principal está en la recuperación de bloques y ladrillos, imprescindibles y muy difíciles de conseguir por otra vía. Los marcos de puertas y ventanas son aprovechables, inclusive cuando les falta algún pedazo o tienen pequeños daños, algunas veces los encuentran hasta con vidrios sanos. Un caso especial son los azulejos de baños, las lozas de pisos y las baldosas de cocinas, en los edificios viejos son de una belleza indiscutible y aunque cuesta trabajo desmontarlos se venden muy bien.

Para todos los productos existe suficiente mercado, él asegura que no tiene que buscar los clientes, siempre los tiene identificados antes de comenzar su labor, lo difícil es lograr llevar los materiales a los diferentes destinos evitando la acción de los inspectores y policías.

El polvo que se desprende de los escombros es conocido como ‘El tercio’, es un material valioso para las labores de construcción y goza de alta demanda. Es el sustituto de la arena y el recebo en un mercado donde adquirir tales productos resulta casi imposible.

Esta persona asegura que cuando ya no se encuentran ni trozos de ladrillos en la instalación destruida, todavía hay cantidades considerables de tercio, que luego de cernido y convertido en polvo industrial, puede venderse a un valor considerable en el mercado alternativo de la construcción.

Comenta que por eso muchos le conocen por ‘El tercio’, así le gritan cuando lo ven pasar para pedirle más del importante producto y con el tiempo ha pasado de un reclamo a un apodo del que no se puede desprender. El tercio es además la causa principal de que los inspectores de salud pública los presionen, asegurándoles que la exposición a ese polvo, sin medios de protección, es altamente nociva para la salud de estos trabajadores.

Sobre las posibilidades de legalizar su trabajo o encontrar algún reconocimiento oficial, dice no guardar esperanza alguna. Para las autoridades, toda su actividad es ilegal, alguna de las veces que se le ha multado le han llegado a decir que le pueden acusar de robo. Pero al final lo dejan ir porque realmente solo trabaja con escombros que ya no son de nadie.

La demanda para este tipo de productos crece constantemente en un país donde la falta de mantenimiento se percibe en el estado físico de las instalaciones. La necesidad de vivienda es un tema muy grande y la reparación de los inmuebles es una obligación que se impone.

‘El tercio’ sabe que su trabajo no es otra cosa que reciclar pero cada vez le teme más a la acción de los diferentes controles en su contra. Con la intención de resolver el problema de la ilegalidad con que se le clasifica, presentó una queja ante los órganos locales del poder popular, inclusive se ofreció a pagar algo si era necesario para legalizarse y a usar máscara de protección si fuera obligatorio.

El delegado de su zona le aseguró que tratará de encontrar una solución, pero él no le pone muchas expectativas a esta posibilidad. Su lógica es mucho más directa: “Nosotros no le robamos a nadie, somos gente pobre de muy bajo nivel que convertimos basura en mercancía, al final le volvemos a dar un destino útil a las ruinas”.

Es un hombre maduro, flaco y fibroso, cuyo trabajo es internarse entre la polvareda de una casa vieja y semiderruida. Martillo en mano, y a manera de anécdota dice: “no saben lo difícil que es golpear sin hacer ruido”.