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Dic 30

El taller cubano de Carlos

Este taller tiene una muy peculiar forma que le hace diferente a los demás talleres de la provincia. Su estructura confunde a primera vista. Son dos enormes huecos que tienen sus bordes protegidos por pequeñas estructuras de concreto. En cada uno de los agujeros hay un hombre que pala en mano limpia y repasa los rústicos espacios, cavados en la tierra dura. Parecen más, dos tumbas de un cementerio que dos fosas de trabajo de un taller de cuentapropistas en el municipio Playa, en Ciudad de La Habana.

El dueño del taller

Uno de ellos es Carlos, el dueño del taller, mecánico de reparación de tubos de escape de autos. Carlos jadea con cada golpe de pala y explica: “Desde que pedimos la licencia de trabajadores por cuenta propia hemos sido mecánicos de tubos de escape, no hacemos otro trabajo y no nos interesa, lo nuestro es soldar y emparchar los tubos que son recuperables o sustituir la línea completa del tubo que ya este demasiado dañado”.

Uno de los extremos del patio, exhibe un enorme bulto de pedazos de tuberías de todo tipo, inclusive se distinguen algunas tan estrechas que parecen conductos de agua y no escapes de vehículos.

Dicen que en otros países no se rompen tanto los silenciadores de los autos, pero en Cuba, constantemente hay carros haciendo ruidos infernales y todos terminan aquí”, comenta Carlos que ha dejado de cavar y ya hace señas al primer vehículo que espera en la puerta del taller. El chofer, con mucha habilidad avanza respetando las líneas de concreto establecidas a los extremos de uno de los agujeros.

A un movimiento de la mano de Carlos el vehículo se detiene, dejando por delante el espacio suficiente como para que el especialista salte dentro del agujero. El mecánico inspecciona todo el escape del auto, evaluando los daños que debe reparar y vuelve a salir en dirección al bulto de las tuberías, selecciona la más adecuada de las piezas de repuesto.

Carlos comenta: “Es un trabajo complejo por los materiales y el fuego que te abren los inspectores”, dice, mientras nuevamente salta al agujero que no cuenta con escalera ni desniveles para bajar.

“Este trabajo se hace con oxígeno y acetileno, que no están a la venta, ni se consiguen fácilmente, así que dependo del mercado negro, por eso tengo los tanques escondidos en casa de los vecinos, hasta aquí solo llegan las mangueras para poder trabajar sin temor a los inspectores”, dice.

Estira unas líneas de mangueras que estaban parcialmente enterradas y que terminan en una especie de pistola. Carlos la enciende y gradúa con dos llaves en forma de botones. “Cuando llegan los inspectores no saben de dónde saco el suministro, ni cómo me las arreglo para soldar”.

Carlos ha conseguido desmontar la línea rota del viejo auto ruso que reposa sobre el agujero, con guantes de amianto transporta el caliente trozo de tubería sobre una mesa de trabajo, y descubre que las laceraciones son múltiples y que es imposible recuperar el viejo escape oxidado y agujereado.

“Mi único reproche al Estado es por la venta de materiales, me dan la licencia, saben que hago un trabajo útil, pero no me venden los materiales necesarios, es como que me empujan a lo mal hecho y te juro que si pudiera no lo hacía”.

La ciudad tiene un serio problema con la contaminación por ruidos, por momento resulta imposible permanecer en un ambiente estridente que afecta a los residentes. El trabajo de Carlos, además del componente estético con que cuenta, ayuda a eliminar los molestos ruidos de los escapes rotos.

Carlos está nuevamente en el agujero y ya sitúa un sustituto en la línea de escape del vehículo. “Recoge y entierra la línea”, dice al ayudante, que actúa velozmente una vez que Carlos termina de soldar los empates en el propio vehículo.

“No estoy muy seguro de que mi invento funcione 100 por ciento, pero me siento más tranquilo”, dice, mientras contempla a su ayudante proceder a desaparecer líneas y pistola de la vista de todos.

“Es tan fácil arreglar este problema, basta con que el Estado ponga de su parte y nos venda los materiales. ¡Si yo no quiero ser malo caballeros!, ¿por qué me obligan?”.

Muchos trabajadores por cuenta propia tienen que cargar con esta ambivalencia en sus operaciones. Cuentan con todos los permisos requeridos, pero sin una fuente legal de suministro de los materiales necesarios para sus funciones. Para el Estado queda claro que estas personas tendrán que recurrir a mercados no legales, pero no se les ofrece una contra oferta legal.

Este dilema se debe resolver porque protegiendo a los cuentapropistas, el Estado garantiza la única manera que tiene la economía de recuperarse de los bajos rendimientos en las ofertas de servicios de este tipo.

Carlos guía la salida del auto del taller y comienza a marcar la ruta del nuevo cliente. “Mientras se arregla esta situación yo sigo desde mi trinchera y con la escopeta escondida, siempre con la incertidumbre de saber cuánto me durará el camuflaje”.