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Dic 14

El Indio

El chofer del enorme auto es un hombre bajito, de piel cobriza y pelo negro que contrasta con su edad. Estas características le hacen resaltar entre el resto de los choferes que esperan su turno en las afuera de la oficina de tránsito. Además de su físico, el hombre parece que destaca por su carácter: Todos los que llegan, luego de los saludos de rigor, al percatarse de su presencia preguntan si éste ya comenzó a pelear.

El Indio sabe que le están provocando y burlándose, pero no se puede contener y en la primera oportunidad arranca con su diatriba. Muchos de los presentes se ríen, al parecer es una escena que se repite cada vez que tienen que venir a realizar la inspección técnica de sus vehículos de alquiler y coinciden con él. El Indio es cuentapropista del transporte y por lo tanto está obligado a inspeccionar su vehículo con cierta periodicidad.

 

“Se ríen porque no tienen los pantalones de llamar las cosas por su nombre, prefieren dejarse chantajear antes que salirle al paso a los abusos”, dice el Indio, que se apoya en el enorme guarda fango de su auto, un modelo viejo de la marca Oldsmobile, con asientos para ocho personas. Le sirve de tribuna improvisada, mientras espera por su turno para entrar en el ‘somatón’, nombre popular con que se conoce a la computadora que hace el diagnóstico de los autos.

El Indio sigue en su monólogo que al principio solo provoca burlas pero que luego va acaparando la atención de todos los que esperan. “Tenemos que alzarnos, protestar, hacer algo para que esto pare, porque es tanto el dinero que tenemos que soltar a cada inspector o funcionario que acabarán por arruinarnos”. Algunos mandan a callar al Indio y le piden que no ponga mala la cosa.

La corrupción

El hombre bajito dice que es un secreto a voces que no se va a enterar nadie porque ya es conocido. “Todos los que estamos aquí hemos tenido que soltar 50 CUC para que nos inspeccionen los autos, si no lo haces, no entras en el día y si no entras no boteas, sencillo”.

Las quejas por la corrupción en algunas actividades de este tipo han tomado fuerza en los últimos años. El gobierno desarrolla una ofensiva oficial contra los funcionarios intermedios que realizan este tipo de prácticas, pero para el Indio los resultados no se hacen notar. “Cada día debo tener un presupuesto listo para pagarle a algún funcionario o inspector y te juro por mis hijos que lo gasto completo, a veces hasta un poco más”.

 

El chofer se queja de que las inspecciones periódicas son también otra fuente de gastos ilegales que se han convertido en costumbre y por los que nadie protesta. “La licencia para conducir cuesta 150 CUC, la inspección para la licencia de boteo en la calzada de Luyanó cuesta 50 CUC, este somatón de los almendrones cuesta otros 50 CUC y al final te das cuenta que, o los pagas o no haces nada”.

El chofer mira a los demás cuentapropistas presentes buscando alguien que le contradiga, pero todos permanecen en silencio. La cosa ha dejado de ser broma, es un problema que les está golpeando duro. “Y no has mencionado a los inspectores de la calle”, dice en voz baja uno de los presentes.

“Lo peor es que no nos atrevemos a decir que no, porque el riesgo a perder la licencia de botero nos deja temblando, así que ¡a pagar!”, agrega otro al discurso del Indio que ahora arremete contra la virilidad de los presente. “El problema es de falta de pantalones, si le dices que no al funcionario, el tipo sabe que está haciendo algo ilegal y lo único que puede hacer es recogerse”.

Todos se burlan del hombrecito y le llaman loco. “Hazlo tú primero, entonces”, le dicen, “juega con el mono pero no con la cadena”. Es evidente que ninguno se atreve a seguir al Indio en sus posiciones, como si prefirieran que les extorsionaran antes que enfrentar algo mal hecho.

“Todos ustedes llegan a ver esto como si les estuvieran haciendo un favor, como si pagando resolvieran algo extraordinario, y la verdad es que no están haciendo otra cosa que a lo que están obligados. Al final terminaremos renunciando a la licencia y dejando de botear porque el bolsillo no va a dar para pagarle a estos bandidos”.

El Indio ha logrado callar a los que se le oponían, que ahora le contemplan desarmados. “Acaben de darse cuenta que el año pasado pagábamos menos por las mordidas de los inspectores, que si seguimos así, trabajaremos solo para esto”.

La corrupción a nivel intermedio es un mal que afecta a muchos países desde hace muchísimos años. En Cuba es una situación relativamente nueva, que ha surgido sobre todo con el aumento de la inspección y el control sobre la actividad privada.

El Estado cubano está convencido de la necesidad de enfrentar estas conductas negativas pero necesita la cooperación fundamental de las víctimas de tales actos, pero en el caso de los boteros, los choferes temen convertirse en sancionados más que en denunciantes por lo que han preferido callar.

Uno de los que espera con el Indio en las afuera del somatón expone un importante punto de vista: “El problema es que ninguno de estos cacharros pasa realmente la inspección técnica, han puesto unos parámetros tan altos que no podemos superarlos”, dice el señor que se ha situado al lado del Indio en señal de apoyo y que continúa con su razonamiento. “Eso convierte el soborno en imprescindible, porque no se trata solo de lograr entrar en el día, es también pasar la inspección, así que uno prefiere dejarse arrancar los 50 CUC y salir con los papeles en regla para que no te puedan suspender las operaciones”.

Le toca el turno de entrar al Indio que se monta en el vehículo y grita: “El verdugo me espera”. Los demás sonríen aliviados con la broma del chofer, algunos tranquilos porque se vaya y no siga tocando un tema que les preocupa pero que les hace temer también.