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Sep 16

Acuarelas de mercado

Pintor en Cuba

Abelardo tiene las paredes de la sala de su casa llenas de cuadros a medio pintar, todos con temas refrescantes, que van desde escenas en el malecón habanero, hasta imágenes de autos antiguos deslizándose por alguna calle cubana.

Abelardo parece un ajedrecista que juega una partida simultanea, se mueve de un cuadro a otro por toda la sala, dando retoques o modificando trazos, como si se tratara de una producción en serie que es atendida por un solo trabajador.

El pintor viste un viejo uniforme militar al que no le cabe una mancha de pintura más, carga una paleta en la que moja indistintamente la punta de los muchos pinceles que almacena en uno de los bolsillos de la camisa. Como los pinceles son enjuagados constantemente, escurren agua y le empapan la camisa.

“No soy un tipo feliz, esto es como prostituirse”, dice Abelardo, mientras cubre su ruta de un cuadro a otro. “Soy graduado de la escuela de arte y en aquel entonces era considerado uno de los pintores con mayor futuro”. De repente se aleja de la pared y pasea su vista por todos los cuadros a medio hacer para reponer: “¡Miren en lo que he terminado!”.

Abelardo abre la puerta de uno de los cuartos de la casa, donde tiene colgadas varias pinturas abstractas, mucho más complejas y elaboradas que las que mantiene en el tándem de la sala, con rostro orgulloso expone: “Este es el verdadero Abelardo, los de la sala los firmo con un seudónimo porque me apena que me vean en la feria con ellos”.

El pintor cierra la puerta y regresa a retocar la boca de una mulata que carga un cesto de frutas o las mangas de un rumbero que disfruta de un aparente carnaval. Él es de los artistas que cuenta con licencia para vender sus obras en las ferias de artesanía de la ciudad, lo que le permite cobrar en CUC el comercio de sus productos.

“Pero a pesar del dinero que gano no salgo de esta crisis de conciencia. Me he tenido que dedicar a pintar para el gusto de los turistas”, dice, mientras recarga los colores en la paleta, “Eso es como bajar muchos escalones en tu propia escala de valores, me siento como un mercenario”.

Sin dejar de pintar en cada una de sus obras, Abelardo sigue con su monólogo. “Estos cuadros son bien elementales y malos, como si se tratara de un aficionado”, agrega con resignación, “pero es el tipo de obra que se vende en la feria de artesanía”.

Abelardo se rasca la cabeza con el cabo de uno de los pinceles y va dejando entre sus pelos una veta naranja. “Siempre que voy a la feria llevo uno de mis cuadros de verdad y es el único que regresa a casa, todos se venden menos el mío”.

En Cuba no ha existido nunca una tradición de artesanos, por lo que al momento de abrirse la posibilidad de trabajar por cuenta propia en el mercado de la artesanía, el espacio fue ocupado por artistas profesionales que pudieron adaptar su arte a un trabajo artesanal menos elaborado

“Me consuelo cuando veo a escultores de calidad tallando negritos o preparando caracoles con letreros, así me doy cuenta que no soy el único, pero cuando llego a casa siempre me deprimo”. Su esposa limpia algunas manchas de pintura que han caído al suelo y le regaña por quejarse, pero al mismo tiempo le celebra por resolver la comida de todos en la casa, según ella gracias a esos cuadros de mala calidad no falta nada en su casa. Abelardo sonríe. “Ese es mi consuelo”.

Independientemente a la crisis espiritual que el nuevo empleo provoca en el pintor, sus operaciones en el mercado de artesanías ha significado un despegue para la economía familiar y el nivel de vida les ha subido considerablemente.

El caso de Abelardo no es único entre la sociedad cubana de la actualidad. Un número elevado de profesionales ve reducida las posibilidades de desempeñarse en sus especialidades. Esto lleva a que tengan que asumir labores que exigen una menor calificación, pero que en muchos casos le garantizan un ingreso mayor que el obtenido hasta ahora por su trabajo profesional.

Algunos no consiguen sobreponerse a la nueva condición y permanecen autocensurándose y limitando su capacidad de trabajo.

Abelardo no pertenece a este grupo, él es un caso atípico, ya que sí asume su nueva posibilidad pero se siente frustrado. “Fíjate que mi mujer me prepara los paquetes y me acompaña hasta la feria para que no se me vaya a ocurrir renunciar”, cuenta sonriendo mientras cariñosamente abraza a su esposa. Ella, con gusto le devuelve el gesto de amor, sin importar que con su abrazo las pinturas frescas y el agua del viejo uniforme le manchen su vestido verde.